Sabado 11 de Noviembre de 2006
Hubo un tiempo en que en los países de habla hispana, la música era un vehículo de la política, y la poesía y la protesta social eran una misma cosa. En España, desde mediados de los años setenta, esta combinación quedó relegada a los cantautores y desconectada de la evolución de la música electrificada, del pop y del rock de influencia europea. En el rock duro español se consolidó desde luego una vena social, una épica y lírica de la conciencia juvenil, pero más de barrio que de clase, y por tanto a menudo desinteresada del compromiso político. Mientras tanto, en Europa, el punk abrió las puertas a una reidentificación radical entre rock´n´roll y política, con figuras emblemáticas como los "Clash" en Inglaterra y los "Dead Kennedys" en América. Pero aquí la recepción del punk fue minoritaria y segmentada: entonces ser un heavy era casi lo contario social y culturalmente que ser un punki. Consiguientemente, si en los años ochenta hubo una etiqueta nefasta fue la del "rock político", que arraigó sólo donde existía una conexión entre movimientos sociales y expresión juvenil radical, en la Euskadi del ska-hardcore de "Kortatu" y "La Polla Records". En el resto del Estado, la ausencia de rock con conciencia era sintomática de la desmovilización juvenil lograda por la socialdemocracia. "Reincidentes" son el primer y más acabado ejemplo de cómo este vacío ha podido ser satisfactoriamente superado desde comienzos de los años noventa, provocando un verdadero fenómeno sociológico sorprendente, una nueva audiencia emergente que demuestra hasta qué punto el rock´n´roll de vena comprometida era una asignatura pendiente en el panorama musical español.